Hay un punto en mi pecho donde se queda todo:
no es un nombre, no es un rostro, es un peso antiguo.
Cada recuerdo que intento soltar vuelve con hilo,
se enreda en la garganta y me enseña la noche.
Camino con ese ancla bajo la ropa,
suena como un reloj que marcó otra hora.
Me habla de despedidas sin fecha, de manos que se fueron
como quien apaga una lámpara y deja la casa igual.
No pido olvido; pido menos ruido en la herida,
que la memoria no me obligue a vivir a medias.
Que el pasado, cuando pase, me deje un mapa quieto
en vez de puertas que se abren con viento.
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