Miro la calle desde una ventana cerrada;
el vidrio devuelve mi propio rostro, más viejo de lo que esperaba.
Todo lo visible parece lejano y pequeño,
como si el mundo hubiera decidido hacerse menor.
Las voces pasan y no llaman mi nombre.
Las luces se encienden y se apagan con indiferencia.
Yo guardo en el bolsillo una esperanza rota,
esa que no se anima a gritar porque ya conoce la respuesta.
El reloj continúa su trabajo implacable:
tictac que mide lo que no fue y lo que será sin nosotros.
Cierro los ojos para practicar olvidar,
pero aparece una tarde cualquiera con tu sombra en la puerta.
Dejo que el aire entre apenas, como pidiendo permiso,
y me quedo escuchando el silencio que aprendió a vivir conmigo.
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