Las cartas quedaron abiertas sobre la mesa,
las últimas líneas se quebraron antes de nombrarte.
Hay espacios entre las frases donde todo se aloja:
la duda, la culpa, la costumbre de llamarte en vano.
No fue una explosión ni un adiós bien escrito:
fue un cansancio que fue sumando días hasta hacerse muro.
Me quedo con las palabras sueltas, con la exacta torpeza
de no haber dicho lo que habría cambiado la noche.
Recojo los papeles como quien intenta ordenar cenizas,
y a cada vuelta encuentro un gesto que no supimos sostener.
La casa es ahora un libro con páginas en blanco,
hojas que miran al techo esperando que alguien las lea.
No busco consuelo en las metáforas ni en la razón,
solo en la calma sencilla de admitir la pérdida.
Porque a veces la tristeza es una tarea pequeña:
aprender a vivir con lo que quedó sin respuesta.
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