lunes, 16 de marzo de 2026

Luz doméstica

La vida cabe en una taza tibia,
en la ventana que guarda la lluvia,
en la canción que suena sin querer.
No necesita grandes anuncios:
sus milagros son domésticos, sinceros.
Quien aprende a verlos sabe ya
que lo grande cabe en lo pequeño,
y que el hogar es casi siempre el cielo.

Carta al presente

No pongas tanta prisa en el mañana,
que hoy guarda lecciones que importan.
Respira las horas con cuidado:
cada una viene con su enseñanza.
Acepta la duda, celebra los aciertos,
y trata al tiempo como a un aliado:
no todo se entiende al instante,
pero todo suma si lo miras bien.

Jardín de pasos

Plantéame un deseo y lo regaré con trabajo,
no con promesas que el viento se lleva.
La vida es un jardín de actos pequeños:
riega hoy la amistad, poda la mentira,
siembra valor donde hubo miedo.
Con paciencia verás flores que no esperabas,
y en su olor reconocerás lo vivido:
no es casualidad, es cuidado diario.

Canción breve

Vive como quien aprende una canción:
memoriza el ritmo, siente el silencio entre notas.
Hay versos alegres y versos oscuros,
pero todos forman la melodía.
Cuando sepas la letra, cántala sin miedo;
y si alguna estrofa pesa, cámbiala por una mirada.
Al final, la vida será la música que elegiste bailar.

La orilla equivocada

Me senté en la orilla esperando que el río cambiara,
que por alguna lógica simple volviera hacia arriba.
Pero los ríos son tercos: siguen su curso viejo,
y la orilla se queda con lo que el agua no quiso llevar.

Traje conmigo todas las preguntas que no supimos hacer,
y las fui poniendo sobre las piedras con el cuidado de un niño.
El viento las desordenó, y al final las recuperé distintas,
más pequeñas, menos urgentes, con menos necesidad de ser respondidas.

Hay una levedad en aceptar que no todo se repara:
algunas heridas son mapas que marcan donde estuviste.
Las recorres de vez en cuando para no olvidar la ruta,
pero ya no intentas reconstruir el puente que colapsó.

Caminé por senderos donde la luz se rompe en pedazos,
y aprendí a distinguir entre lo que aún puede volver y lo que no.
La tristeza entonces dejó de ser castigo para ser escuela:
me enseñó a apreciar la geografía de mi propia soledad.

No pido que el río cambie su curso. Solo quiero entender
cómo vivir con la certeza de que algo se fue para siempre.
Y en esa comprensión encuentro, por fin, una calma tenue:
la orilla conserva memorias, y yo puedo aprender a sentarme en ella.

Los nombres que olvidan

Hay nombres que se quedan en la garganta,
como si la lengua tratara de salvarlos del silencio.
Los pronuncio en voz muy baja, para no espantarlos,
y escucho cómo se deshacen en el eco de la casa.

No es la memoria la que falla; es la costumbre.
Los nombres pierden el peso cuando nadie los repite.
Se vuelven extraños, palabras que uno estudia
para reconocer la forma exacta de un pasado.

A veces creo verlos en la calle, en la lluvia,
en la forma en que un desconocido aprieta el abrigo.
Me acerco con la esperanza de encontrar tus ojos,
pero solo encuentro el reflejo de lo que fui antes.

La tristeza no siempre es un grito: muchas veces es esto,
un archivo que se corrompe lentamente, sin ruido.
Y uno aprende a amar la fragilidad de los recuerdos,
porque en su desgaste también hay ternura y verdad.

Si algún día pierdo el tuyo por completo, lo buscaré
entre las pequeñas cosas que dejaste: un botón, una nota,
la trayectoria de una taza sobre la mesa.
Allí el nombre sobrevivirá, aunque ya no lo diga nadie.

A las Víctimas del 11 de marzo

Aquel jueves amanecía como tantos,
con prisa de trenes y sueños madrugados.
Madrid respiraba rutina y esperanza
entre andenes llenos de pasos apresurados.

Pero el ruido quebró la mañana,
y el dolor se extendió como un silencio.
Quedaron mochilas, miradas, historias
detenidas de pronto en el tiempo.

Madres, hijos, amigos, compañeros,
vidas sencillas que el odio arrebató.
Nombres que hoy viven en nuestra memoria,
latidos que la ciudad nunca olvidó.

Y cada once de marzo, cuando vuelve la fecha,
Madrid guarda un instante de verdad:
que ninguna violencia vence a la memoria,
y que la dignidad siempre sabrá resistir.

Porque en cada flor que nace en Atocha,
en cada recuerdo que vuelve a nombrar,
España abraza a quienes faltan

y promete no olvidar. 

Tenemos Memoría

En las calles de España quedó un silencio
que ningún viento ha podido borrar.
Nombres grabados en piedra y memoria,
vidas que el odio quiso callar.

Fueron mañanas que nunca volvieron,
abrazos que el tiempo dejó sin final,
sueños sencillos de gente corriente
que solo quería vivir en paz.

Pero la memoria no se arrodilla,
camina firme junto a la verdad;
en cada plaza, en cada familia,
late su dignidad.

Porque quien recuerda defiende la vida,
y quien honra a las víctimas siembra paz.
España guarda su historia en el alma:
ni el miedo ni el odio la borrarán.