Hay nombres que se quedan en la garganta,
como si la lengua tratara de salvarlos del silencio.
Los pronuncio en voz muy baja, para no espantarlos,
y escucho cómo se deshacen en el eco de la casa.
No es la memoria la que falla; es la costumbre.
Los nombres pierden el peso cuando nadie los repite.
Se vuelven extraños, palabras que uno estudia
para reconocer la forma exacta de un pasado.
A veces creo verlos en la calle, en la lluvia,
en la forma en que un desconocido aprieta el abrigo.
Me acerco con la esperanza de encontrar tus ojos,
pero solo encuentro el reflejo de lo que fui antes.
La tristeza no siempre es un grito: muchas veces es esto,
un archivo que se corrompe lentamente, sin ruido.
Y uno aprende a amar la fragilidad de los recuerdos,
porque en su desgaste también hay ternura y verdad.
Si algún día pierdo el tuyo por completo, lo buscaré
entre las pequeñas cosas que dejaste: un botón, una nota,
la trayectoria de una taza sobre la mesa.
Allí el nombre sobrevivirá, aunque ya no lo diga nadie.