Me senté en la orilla esperando que el río cambiara,
que por alguna lógica simple volviera hacia arriba.
Pero los ríos son tercos: siguen su curso viejo,
y la orilla se queda con lo que el agua no quiso llevar.
Traje conmigo todas las preguntas que no supimos hacer,
y las fui poniendo sobre las piedras con el cuidado de un niño.
El viento las desordenó, y al final las recuperé distintas,
más pequeñas, menos urgentes, con menos necesidad de ser respondidas.
Hay una levedad en aceptar que no todo se repara:
algunas heridas son mapas que marcan donde estuviste.
Las recorres de vez en cuando para no olvidar la ruta,
pero ya no intentas reconstruir el puente que colapsó.
Caminé por senderos donde la luz se rompe en pedazos,
y aprendí a distinguir entre lo que aún puede volver y lo que no.
La tristeza entonces dejó de ser castigo para ser escuela:
me enseñó a apreciar la geografía de mi propia soledad.
No pido que el río cambie su curso. Solo quiero entender
cómo vivir con la certeza de que algo se fue para siempre.
Y en esa comprensión encuentro, por fin, una calma tenue:
la orilla conserva memorias, y yo puedo aprender a sentarme en ella.

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