A veces camino sin rumbo
por las calles silenciosas de mi mente,
donde los recuerdos se sientan
como viejos viajeros en estaciones vacías.
Hay días en que el cielo pesa,
como si las nubes cargaran preguntas
que nadie ha sabido responder.
Miro mis manos
y pienso en todo lo que han tocado:
la tierra, el agua, los sueños,
y también los miedos que intentaron detenerme.
Pero el camino sigue.
Siempre sigue.
Aunque los pasos sean lentos
y el viento empuje en contra,
hay algo dentro que insiste
en seguir caminando.
Quizá sea esperanza.
Quizá simple terquedad.
O quizá sea la certeza silenciosa
de que incluso las noches más largas
terminan cediendo
ante la paciencia de la luz.
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