Quedaron en la casa pequeños ecos:
el roce de tu taza, una sábana que no dice nada.
La mañana entra con su misma rutina,
pero yo me detengo en los bordes de las cosas.
La memoria es un oficio que no perdona:
ordena fechas, abre cajones donde ya no hay nada.
A veces encuentro tu risa en fotos descoloridas
y me sorprendo buscándote en el bolsillo del tiempo.
¿A quién le pertenece el dolor?
¿A la palabra que nunca dijimos, a la esquina donde nos perdimos?
Camino por la ciudad con la sensación de un hueco
y no sé si lo lleno con pasos o con silencios.
La noche trae sus cuentas:
una lámpara encendida, una carta sin destinatario.
Aprendo a medir la distancia por lo que sobra,
por el sitio exacto donde antes estabas tú.
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