Hay silencios que pesan más que las palabras.
Silencios que se quedan en la habitación
cuando todos se han ido.
Se sientan en la silla vacía,
miran por la ventana
y esperan algo
que nunca llega.
A veces pienso
que la tristeza no es un grito,
sino un eco muy lento
que tarda años en apagarse.
Uno aprende a caminar con ella,
como quien carga una maleta
que nadie más puede ver.
La gente pregunta:
“¿Estás bien?”
Y uno responde que sí,
porque explicar el dolor
sería como intentar describir
el color del viento.
Y aun así
seguimos respirando.
Quizá porque en el fondo
sabemos que incluso el corazón roto
sigue teniendo
la extraña costumbre
de latir.
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