Llegaste, pequeño milagro,
como un suspiro de luz entre las sombras,
trayendo en tus manos diminutas
el temblor de un nuevo comienzo.
El mundo se detuvo un instante,
para escuchar tu primer llanto,
esa nota pura
que anunció la vida en su forma más tierna.
Tu piel huele a promesa,
a tierra recién regada,
a futuro que aún no sabe su nombre
pero ya late con fuerza.
Que tus ojos aprendan la calma del cielo,
que tus pasos conozcan la risa del viento,
y que el amor —ese abrigo invisible—
te acompañe siempre, niño del alba.
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